La donna è mobile

"Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino

VEINTICUATRO

Veo. Oigo. Huelo.
Veo la lenta circulación de las cajas. La inmensidad de la nave. La herida de mi pie. La sangre seca cubierta de óxido. El clavo que distingue la caja que acompaño de las otras.
Oigo un todo ensordecedor compuesto de mínimas nadas en particular. La persistencia de los motores. Los zumbidos dentro de las cajas. El chirrido de los rodamientos herrumbrosos. Los escapes de las tuberías de aire a presión. La alternancia de los hidráulicos. El siseo de las conexiones eléctricas. El ruido de mis zapatos tropezando. La nube que levantan mis pies a cada paso y se posa sobre la sangre seca, sobre los zapatos, sobre la ropa y la piel. El entrechocar de las cajas. Los fluorescentes encendiéndose, apagándose. Un atronador caos sonoro que me aturde.
Huelo y sería mejor no. El hedor nauseabundo emana de la caja y también de mi ropa, de mi cuerpo, de todos los rincones de esta inmensa factoría. No es un olor al que te puedas acostumbrar. Tiene algo de ancestral, de primitivo, de esencial. Contiene la descomposición del mundo y el hedor de la vida. Lo que permanece y augura el final.
Toco la superficie lisa de mi cara, mi cabeza sin irregularidades. Me pregunto cómo puedo ver, oír, oler, careciendo de. Pero no estoy aquí.

Miércoles, 29 de Diciembre de 2004 17:36.

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